UVAS AMARGAS

“Irse es siempre quedarse un poco”

Darién Giraldo

(Al otro)

El tiempo posa de sabio

y las distancias decapitan el deseo.

Los días son torpes como el sol que los despunta

y agujeros negros se precipitan en la piel.

Uno no es más que sus ausencias,

sus pobres esperanzas de ser habitado.

Uno es una habitación cuyos ruidos

no son siquiera de fantasmas.

Tal vez de roedores o de recuerdos inventados.

Uno se inventó una vida para suponer

que tiene pasado,

que es más que esta podredumbre

que corroe cualquier intento

por invocar la trashumancia.

En medio del poema,

el alma se supone hallada.

De repente podría ser el animal

que renunció a las uvas por amargas

y no por inalcanzables.

Sin embargo,

no hay fábula que resista tanta desolación

tanta ansiedad de renunciar

a lo que nunca estuvo.

Renunciación que es también un ardor

en lo más profundo del pecho,

a la manera de los enamoramientos necios,

a la manera de las falsas historias de amor

tan arrogantes con el tiempo,

tan radicales en las distancias,

tan niños sombríos

que nacieron muertos.

MADRID SIN TI

Los labios rotos por el viento del Norte,

los pies agotados de tanto buscarte

en los laberintos de piedra

que se erigen sordos

entre los solares

que ametrallan las estatuas.

Juego a suponerte en los teléfonos,

marco un número imaginario

para creer que nos citamos

en el viejo callejón

donde los músicos

comparten la agonía

con las altas y valientes prostitutas.

Hay un Duque cuya hidalguía

lleva hacia tu nombre

y las aristocracias me arrastran

a un paisaje donde te imagino desnuda.

Este cielo de grises rugidos

me dice que soy tu padre encarcelado

y que me ofrecerás algún día

uno de tus pechos

para que te beba toda

y no muera de inanición.

Soy hijo de tu caridad romana

que no me llega

sino en signos magnéticos,

en guiños de ausencia

que torturan profundamente mi vida

como en la vieja canción

que bailáramos en el Sur.

Desearía ser la poesía

porque entonces serías la musa

que inspiraría los viejos combates

y como toda hija de la memoria,

llevarías en la frente

la salvedad de las esperas.

Todos los instantes del mundo

se estacan en mis manos,

la memoria es una esposa en huelga,

gusta de las suposiciones

en las que lo imaginado

coincide perfectamente

con estos lugares feroces.

Llevo encima el honor de Séneca sin bañera:

preferiría morir antes que me acusaren

de traicionar la profunda ciudad

de tu cuerpo agujereado por la distancia.

Llevan estas calles,

la absoluta naturaleza muerta

de un pavo pintado por Goya.

Son romerías las que recrudecen la soledad

y las paredes traen consigo

la absolución de la asfixia.

No quiero ser un absuelto de ti,

me aferro a tu silencio

que me llega a título de canción olvidada,

de profundo recuerdo

adormecido por viejos asombros.

LUNA BRAVA DE BARRIO NUEVO

Luna brava de barrio nuevo/, cemento y de cal/ Que ronda por las ventanas/ Al anochecer/ Entre ropa tendida cuelga su soledad”
Gato Pérez

No es la misma luna,

la evocada en playas de Santa Marta

o en el cielo siempre azul del Zócalo.

Los callejones de esta ciudad amurallada

tropiezan con la luz melancólica de la luna,

de un cuadro de Miró

que los borrachos murmuran

con sabor a mujer enrojecida,

la luna enamorada de un gato

que la besa con acordes de guitarra rota,

maullidos que la embravecen

como al mar de camisas

que enreda su oleaje

en los altos ventanales del arrabal.

No es la misma noche

en la que el asma

me llevó a la trashumancia,

bajo el gris longevo

de un río atestado de fantasmas.

Se trata del último vestigio

del clamor flamenco,

el verso del cometa

que roba orgasmos al Caribe,

el último suspiro de un puerto que agoniza.

Esta luna no es la misma

que has contemplado

en el último de tus gemidos,

en el desgarramiento de tus senos

que trastocan el cristal de los ecos.

Esta luna tiembla con el bongó,

es el sur de los barrios prohibidos,

de las prostitutas que buscan

que algún mendigo

les encienda el fuego del tabaco.

Esta luna es la última nota

del piano de Bernat Font

tan clandestino y colateral

como los traficantes de semillas,

como el idioma

del que te murmura entre líneas

que cuando escribe luna

invoca las raíces de tu nombre,

que al presentir

los mares rotos de las ventanas

esconde siempre un te amo.

RUMBERA


Los tambores que desperezan la alborada
son tu cuerpo semidormido
al soneo de mi asma clandestina y rota.
No concibo una rumba, una guaracha, un guaguancó
sin el ritmo de tus círculos victoriosos,
sin los dibujos de niña desnuda
que vas atravesándole a la noche
cuando bailas.
Son los bucles sombríos de tu cintura
la medida de mi eternidad.
Baila, no pares de bailar.
Es cierto que he dicho que la noche
es la más pura secuencia de la muerte,
que la vida consiste en morir mil veces
antes de que despunte el alba.
En todo caso, bailarina,
tu danza se erige victoriosa
como lo más cercano
a mi resurrección.

CANCIÓN PARA QUE DESPIERTES


Nada más triste
que el pasillo de un tren de madrugada.
Uno más uno no puede ser igual a dos.
En mi caso, sería el vacío,
porque llevo conmigo mis sombras y fantasmas.
Sin ti soy igual a la nada.
A la larga espera de la noche inconclusa.
Te imagino durmiendo y brotan lágrimas como si
de repente me convirtiera en ti.
¿Con qué sueñas, amor mío?
¿Con mis tristezas de trenes insólitos
en la memoria del solitario
que dedica el trinar de sus bongoes
a la nada de los túneles sordos?
¿En mis hambrunas de taxis sin desayuno,
sin astros que roncan a espaldas del mar?
Soy el tren que siempre esperas,
el que llevó algún día los muertos de Macondo.
Aprendiste de memoria mis horarios y mis rutas
porque nunca los tomarás.
¿Te imaginas lo triste que debo verme en una estación?
¿No supones que algo de mis costillas se parte
cuando camino las ramblas colmadas de bisuterías y misterios?
He comprado sombreros diminutos, de lata.
Los lanzo al vacío de los rieles
para que se descarrilen mis esperanzas de tenerte.
Pero los sombreritos de lata son torpes como yo.
Al primer indicio de la discrepancia
se marchitan como orquídeas
que alguien sembró en la boca de la noche.
¿Me creerías si te digo que desde hace dos días
no ha parado de llover en Barcelona?
Ojalá los trenes se derritieran
y las islas se cayeran de sus pesos.
Así, no tendrías otra opción que invocarme.
Allí estaré, como una estación de madrugada,
como un tren que no te llevará a ninguna parte.


Bellaterra, Barcelona, 24 de Octubre de 2011

TESTAMENTO DE UN ENCOMENDERO

“Vengo de un país atravesado en la garganta

que no deja que me vaya acostumbrando a la distancia”

Marta Gómez

No sucumbiré a tu ternura.

Me gusta la violenta incandescencia de las hojas,

el árbol resquebrajado de la memoria,

el país alzado en sombras.

¿Qué amas de mi sino la sangre?

Si he de amarte, me desangraré.

¿Qué amarás de mi cuando te ame?

Eres hija de esta tierra

y yo apenas visito tus fronteras

con la sonrisa del aldeano vanidoso.

Abre las puertas de tu aldea

y déjame reposar cenizas en tu viento.

No me rompas los dedos con tu piel de tambor,

déjate acariciar por mis furias.

Te lastimaré, es cierto,

pero con el amor infinito del exiliado.

Resiste a la incandescencia del árbol

que se desploma en el desierto.

No renuncies a todo lo que de ti

llegue a ser memoria.

Ternura convicta,

violencia dulce,

lastimo tus alas con mis labios,

resquebrajo tus ojos

con la enjaulada oscuridad

de mis colores.


(16 de mayo de 2011)

UN POEMA COMO NUNCA OTRO


El jugueteo de tus huesos
que luchan a muerte por desplomar la semilla
y su escozor,
allá en lo alto del pecho
que se revoca como un discurso tácito
que va devorándote entera,
en tu sublime religión
que consiste en despeñar las paredes
de las inútiles prisiones
donde el amor se agota y se entrega
a golpes e incendios entrecortados.
Porque somos hordas siniestras
que explotan en el intento
por nombrarse
es que punzo tus senos
con la tempestad de insectos
que nacen y se pudren en lo más recóndito
de mis ansias.
Desnudez infame que nos derrota
apenas con el roce de los poros erectos
y las crueldades más elementales.
Hay un grito, un sonido que se ahoga
en la promesa de ser una vocación.
Pero lo que nacemos y matamos
cuando somos la desnudez reflejada
en el deseo animal de nuestras manos,
es sordo,
no tiene nombre.
Es por ello que únicamente los dos,
somos los conjurados.

LIBERTAD

(A Lorena, Amada)

Voy trazando con calma
las espaciadas comisuras de tu cuerpo.
La memoria es traviesa y ebria…
en mi juego de puntadas y zurcidos
te voy atribuyendo alguna línea o color
que no tenías antes de jugar a dibujarte.
No quedará otro camino
que buscar tu presencia
retorno eterno,
espiral que aparece de cuando en cuando
tras la puerta,
en el espejo,
en la terrible embriaguez de la niebla.
Invocarte en el papel o en el aire
para jugar a perderte,
lanzarte al vacío de mis manos,
donde la brusca ansiedad
va otorgándote formas invisibles,
va nombrándote
con la pluralidad de los sonidos
que no hace falta pronunciar,
no si te busco en cada torpeza
que invento y destruyo,
en esta condición de rueda
que se niega y afirma
cada vez que roza las huellas
de tu cuerpo eclipsado,
crepúsculo pendular de tus danzas.
La memoria es traviesa y ebria…
te busco en la agitada ansiedad de mis días,
en los cotidianos nudos de los brazos.
Cuando vuelva a encontrarte
derrocharé tu piel en el juego ciego
de conjugarla con las espaciadas comisuras
del cuerpo que en soledad
mi mano ha atribuido
a tu espera.

PETE EL CONDE RODRÍGUEZ REPUJA LOS COLORES DE LO QUE QUIERO DECIRTE


(A Lorena. mi geometría convergente)


No podría suponer
un territorio atado a las convergencias
capaz de asimilar tan siquiera
un matiz de tu cuerpo.
Ola desgarrada, a veces eres playa,
a veces el silencio de la tarde
que va escribiendo sobre mi piel
la cifra inconclusa del secreto.
Antes de conocerte
no tenía otro talismán
que la sublime torpeza de inventarte.
Así te he ido nombrando en cada geografía.
He roto la feliz equidistancia
de los filos escarpados,
del amanecer que se repite
en los vuelos de la embriaguez.
Sería redundante hablar de geometrías
cuando nuestras sombras
decapitan el tiempo
ante los rostros que nos vamos imponiendo
al ritmo de nuestros tambores
enardecidos por la simetría de sus deseos.
Ahora,
llevo tu cuerpo atravesado,
marejada que va abriendo surcos y huye
para retornar sin vacilaciones ni reparos.
Acaso sea maravilloso
suponer que cada vez que te toco,
vas colmando los agujeros de la piel
y vas perfumando con tu desesperada oscilación
la desdichada quietud de no tenerte.

DOS POEMAS DESDE EL MAR CARIBE


AITANA


(A Ciénaga, Magdalena, donde vi el mar invadiendo una ciudad de pescadores,
primera revelación del color de mi hija)


Tambor de manglar
acariciado por la suave brisa de un pájaro.
El pez nutre de semillas
cada silencio nacido desde la soledad nocturna
de la nube en explosión.
El árbol busca el silencio ceremonioso del mar
y se sabe perdido en este horizonte
de golpes amontonados
como rocas sobre la piel fruncida
de un animal perezoso.
El niño sabe del mar
desde su memoria láctea,
torpeza fijada al seno de una madre
que lanza las redes del amor
para que un pescador rompa su sonrisa
en la casa breve erigida en medio del abismo
como una ceremonia inconclusa de gemidos y compases.
La muerte es ciega y por ello
tus ojos son un trozo de mar en la embriaguez
de quien juega desde tu orilla
a ser tiniebla.
Blancura del cangrejo
cuando quiere morder la sangre de la palmera,
vendrá la libertad y tendrá tus ojos.
Para ese instante
seré pescador y tu madre
tendrá los senos cargados de leche de coco.
Para ese instante
seré pájaro y fundaré de un grito
el golpeteo de un tambor
al unísono de las caderas del océano,
que habrá de parirte en la euforia rota
del silencio.


SIMÓN



(Desde el mar Caribe,
soportando la terrible inquietud
de no tener a Lorena
y a Fernando con nosotros)

El mar es un niño que juega conmigo.
Su nombre es Simón
si de la noche se trata.
Una mujer me enseñó la delicia salobre de la contradicción.
Aquella mujer es un barco desnudo que recorro con mi sangre.
Desde la otra orilla me está esperando.
Es el mar que contiene mi sed de hormiga
que erige un castillo en el manglar.
Lágrima en el sexo derrotado
por el dolor de estar vivo,
es todas las mujeres: la mujer.
Todos los mares: el mar.
Pequeña amalgama de tinieblas,
el mar es un niño que juega a arrebatarme
si de la sacrosanta noche me salvo.
Estas palabras deberían llegar
como el pregón de un guaguancó.
Pero soy torpe en eso de cantarle al infinito
desde mi mudez ceremoniosa,
por eso doy nombres a la mujer
dadora de las playas, hacedora de la luz resquebrajada.
Ella elije desde sus ímpetus en pleamar
y con su garbo cadencioso,
aprueba mi ritmo torpe.
Los fluidos de la historia
respiran en cada poro de mi piel.
Pero mi piel no es dialéctica
si no la dejo sumergirse en el mar de su antípoda,
piel elegida desde este canto nocturno:
mar de la contradicción que juega a ser niño,
si del nacimiento de Simón se trata.


VICTORIOSAS


(A mi siempre lumínica Lorena, para quien nunca serán suficientes
los poemas, los abrazos y los besos.
A Janette y Gladys, mis hermanitas de verdad).

Yo que creía que el amor no me salvaba.
Había supuesto una soledad enredada en una pluralidad de nombres.
Mujeres palpitantes sobre caballos rotos.
Juegos inmóviles de la discrepancia,
suponiendo el odio en la mirada,
creyendo la victoria reducida a espanto.
Pero conocí a la mujer de tres rostros.
Uno, desde el sur del sur,
sonriendo el mestizaje clarividente de sus manos
en un poema que repujaba en círculos tremebundos.
Subrayados en libros que buscaban una mujer
oculta en lo cotidiano de mi desesperación.
Supuse vampiras, heterónimos, promesas taradas.
Te supuse testigo, mi más sincera compañía,
tanto, que evadía el discurso y en silencio contemplaba
el sueño tardío e inmóvil .
Otro rostro: aquí, en el Caribe,
desde un apartamento que soñé siempre
y que no pude visitar
porque vaya que la vida va imponiendo presagios.
La mujer que me parió habrá de estar orgullosa del abrazo
dado en una esquina a las 3:00 a.m. en Caracas.
El tercer rostro, el inconcluso, el sabio,
felicidad que yo evadía por torpe, por ufano,
por creer que la vida no era más que un recorrido,
una espontaneidad que arremetía con ritmos precarios.
Tercer rostro que ha sido el baile, la memoria,
el perdón, nunca el olvido,
fe en la humanidad resumida en un golpe,
en la muerte de las tiranías y las falsas revelaciones.
Una mujer son estos rostros que oso asir en el aire,
este suspiro por pasados torpes y por futuros impostergables,
en los que los tres rostros son madre, amiga, compañera, amada.
Un rostro es Janette que me dice: “nunca dejes de ser niño”,
es su lágrima ebria cuando con Oscar le cantamos
el cómo fue del Benny Moré que por aquí sigue pasando,
echando candela en nuestras geometrías cómplices y abiertas.
Otro rostro es Gladys escuchándome en cualquier lugar del continente,
diciéndome al oído que también ha creído en el otro,
que está hecha de furias y victorias, de baile postergado en los Andes,
Caribe que se expande y dilata, como un suspiro de niña rota por el
tiempo.
Y el tercero, la síntesis, el mestizaje más amado,
tú, Lorena, nombre bélico, total profesora de mis días,
me has enseñado a conjugar el verbo amar, sin evasiones,
sin rupturas, tú mi eterno recomienzo,
habrás de saber que te llevo siempre en mi,
donde quiera que vaya,
porque soy tu cuerpo,
porque soy el futuro que soñaste desde tu nacimiento,
soy la semilla del amor que hemos guardado en nuestras vidas torpes
cuando nos dábamos el lujo de vivir sin conocernos,
de andar por ahí sin el amor a cuestas, tan solos y desprotegidos,
suponiendo en ciertas gestos que estábamos hechos el uno para el otro,
cuando éramos extranjeros de nuestro amor,
cuando escribía silencios repetidos y falsos,
y tú bailabas sola, creyendo que ese cuerpo habría de llegar,
aquí, ahora, cuando te empuño como espada,
cuando te derroto con mi sangre caliente
de animal hecho de memoria.
Habrás de saber que he dicho a todos mi más humilde verdad:
las hordas me persiguen y tú, con tu amor, me has salvado.
Yo que creía que el odio es extravío,
sé que puedo odiar porque en tres miradas puedo atrincherarme,
tres rostros que me enseñan a combatir con las horas
y las postergaciones: el perdón, nunca el olvido,
síntesis de una mujer divina, almiprieta, maravillada
que la historia, siempre frágil y colmada de ironías,
llamó mar, llamó montaña,
nombró América,
con temeridad y espanto.

CREPÚSCULO DESDE EDGARDO POE


Edgar Allan Poe
danzando en su embriaguez circular
soñó dos amantes en el trópico
que no podrían separarse nunca.
Tal vez estabas en el corazón palpitante de los entablados.
Me preguntas con el tic silencioso
de tu cuerpo aleteado por mis ansias
sobre los grados que del amor
podría deducir en tus ojos.
Mi respuesta ha de tener cuanta salvedad
de colores
podría inventar,
hechizado por tu risa.
Pero la cuestión está en mi corazón delator,
el mismo del entablado,
el mismo de Poe,
que te susurraba niña
en la incandescencia de tu sueño.
Inmortal has sido en la precariedad de mi memoria.
Podría insistir entonces en un monumento de palabras
donde como un pájaro,
pueda erigir tu risa.
Para ello está la intimidad de nuestras sangres;
la habitación luminosa donde siempre
hemos dicho la palabra siempre,
no con palabras
(esas enanas despreciables)
sino con la hegemonía palpitante de nuestras furias.
Embriaguez que no me daña,
tu cuerpo se deja habitar por la tarde
y es un crepúsculo que recorro con los labios.
Tremendo lío de canciones es tu fe en mí
que me sostiene y traza mis caminos de ermitaño.
¿Habría entonces absolución posible para el pasado?
¿Cómo decirte que hasta ahora te invoca,
aquel que jugueteaba al cuerpo y a la ceniza
y a fuerza de laceraciones
te presagiaba y titubeaba tu nombre?
Sólo me queda el monumento del gesto.
Las palabras pueden evadirse.
Lo escrito puede morir en un diluvio,
el hombre habrá de fundar una nueva historia
y es probable que no sea necesario escribirla.
Las palabras dichas no las he dicho yo,
las dirá el tiempo.
Por ello, soy la acción circular del ebrio.
Vino crepuscular el de tu vida
que apareció en las largas caminatas de mi desesperanza.
¿Cómo decirte que eres tú mi renacimiento?
Ahora que empiezas a descifrar los evangelios,
ahora que el cielo está agujereado por la metralla,
ahora que tu cuerpo es también un combate,
habrás de comprender mi mirada y mis arcanos,
habrás de saber que siempre te he amado,
sin medida, sin el balbuceo de un rostro,
sólo tú soñada desde agujeros en los que supuse libertades
y sólo hallé dogmatismos y fingimientos.
Ahora que descifras la profecía,
y que estás a mi lado para cuidarme de todo
cuanto ignominia y ficción,
infinita e irradiante,
como el trozo de tierra en el que nos hallamos,
podremos recuperar el juego de las claves en los libros,
el extraño hábito de incendiar evangelios,
el juego de soñar nuevos significantes de la raza.
Podremos entender que sí, que es cierto;
que Edgar Allan Poe,
danzando en su embriaguez circular,
soñó dos amantes en el trópico
que no podrían separarse nunca.

BAILARINA


En las aristas silenciosas
donde el tiempo
se desliza en imposibles,
la bailarina sonríe
cerrando los ojos
y es su cuerpo
un pentagrama de simetrías
que surgen de sí mismas,
evocadas.
La contemplo desde mi triste
condición de sordo
que a veces no puede comprender
la magnitud de sus movimientos,
armonía testaruda
en la que el silencio se detiene,
entrecortado.
Ella extiende sus brazos
como ofreciendo el fuego de sus pechos,
algo en mí se exaspera,
presto al incendio y la ceniza,
y recorre con la ceguedad del aceite,
las superficies barrocas
de sus formas.
De repente,
la bailarina
se deja acariciar
por la furia equidistante
de pulsiones extraviadas que salen de mis manos,
está allí para ser la historia y la música,
la poesía y la memoria,
la saga y el canto,
el espiral averiado de este instante
que se consume en sus gestos,
en la disipación apenas mágica
de sus oscilaciones.
La bailarina entonces ya no es humana.
Se lastima con sus pasos encantados,
con su cintura colmada de geometrías leves.
Testigo cruel de su oficio,
endulzo su piel con mi golpeteo leve,
con esta hambre de percusionista
que la sueña despierta.
Exhalo el aire de la bailarina,
estoy vivo en su derroche de luz,
en su ritmo agujereado,
algo en su tranquilidad imposible,
roba gritos a las aristas
y una sensación de olvido del tiempo
me detiene en la breve inmortalidad
de sus formas.

IMAGOS SOBRE UNA MUJER DESNUDA


I.

No soy hijo de los dioses.
No he sido el héroe que soñó la tempestad.
Sólo he sido testigo de los silencios
desprendidos del lamento.
Aprendí a descifrar los interregnos del grito.
Soy criatura de fuego,
síntesis de glaciares soñados por Agamenón.
Cuando los dánaos robaban el sueño a los héroes,
yo te soñaba en silencio.
La imagen penetrante de tus músicas circulares,
despertaban en mis miembros
la paz que la historia me ha negado.
Supuse que eras una diosa y lloré
por la precariedad y el insomnio.
Recorrí los laberintos de la Era,
buscándote en la mirada de los hombres,
en los juegos de las mujeres y sus hijos.
Estabas en lo más profundo de mi yo solitario.
Me acompañabas con un Eros que sólo
podía explicarme en soledad.
Luego me dijeron que estabas más cerca
de lo que había soñado.
Surqué el infierno en todas sus versiones,
posibilidad imposible de encontrarte.
Dante y Virgilio me ofrecían su extrañeza
a cada paso.
Tú eras la poesía y la amada.
Eras la negación del tiempo.
El poeta me decía que al infierno se llega
cuando se ama.
Te fui buscando en caminos torpes,
Los cuerpos de los fantasmas
eran mi más humana pesquisa.
Tu seguías bailando
a la espera de mis tambores órficos.
Luego vinieron los tiempos en los que un tal Sancho Panza
fue nombrado gobernador de la aldea
donde quise pernoctar el insomnio de tu ausencia.
Sus juicios me anticiparon la ruptura con las geometrías
y la posibilidad infinita de tenerte a mi lado.
Yo te soñé desde antes de mi nacimiento,
bailarina del silencio.
Te busqué en los fantasmas de un pasado
que insistía en disiparte.
He aprendido la felicidad en tus vuelos.
Eres ajena a la esclavitud de la lógica.
Estás en la urdimbre sencilla de la imagen
y en la era imaginaria en la que seremos libres.
La libertad está en tus gestos
de mujer que se estremece con el tambor,
con la percusión de los dioses redentores.
Estás en el delirio de Simón y en la gota de tinta de Martí.
Fuiste soñada en las rebeldías de los comuneros.
Los campesinos me hablaron de ti
al paso galopante del futuro.
Te he presentido desde el recuerdo del mañana
que me sostiene
testarudo y admirado,
gozoso porque esta tempestad
al fin es nuestra.


II.

Totalidad transparente,
negación del insomnio,
llegaste transportada por una imagen
que prometía la claridad.
Anulaste el tiempo con tu mestizaje revelador.
Mis aguijones te elevaron
a la más alta cumbre de la sangre,
y victoriosa,
enredaste tus movimientos de mariposa herida
al calor irradiante de los cielos protectores.
Cada cual lleva en su memoria
Una versión del cielo que le ofrece
la convicción íntima de estar en casa.
Mi errancia me llevó a creer que la orfandad
era mi signo y mi destino.
Pero mi hogar está en tu cuerpo.
En tus movimientos de tempestad
simultánea y sucesiva,
discontinua y desgarrada.
Violencia emancipadora,
tus gestos atacaron las fauces inconclusas
de mi misterio, de mi contradicción más pura.
La soledad siempre fue tu única rival.
Supiste jugar con ella,
amarrarla a puertos incendiados
por la derrota inconmensurable de nuestro cansancio.
Estar cansado del mundo
es herirte con mi desesperada ansiedad
de lograr compartirte mis claridades difusas,
mis más íntimos secretos.
Unidad silenciosa que en su sencillez irradiante
jugaba a presentárseme en fragmentos,
eras el sueño y la promesa,
eras la muerte del tiempo.
Sólo tú supiste descifrar los signos
de la carne del espejo.
No hay sombra que te disipe.
Mi cuerpo es ahora territorio de emancipaciones.
Juego a tatuar el agua en las aristas de tu ceremonia
y en la pureza de tu sueño,
duermo el insomnio que dejamos olvidados
en fragmentaciones que ya no nos pertenecen.


III.

Hay horas en las que también eres nostalgia.
Nostalgia de tu cuerpo recién entregado.
Ruptura con los principios torpes del tiempo
que se disipa en los espasmos de tierra y polvo
que juguetean en tu vientre.
Observo la desnudez de tu silencio
y desearía ser apenas un espectador de tu aliento,
un testigo torturado de tus escapatorias.
No me lo permites.
Siempre estás queriendo que sea comandante
de ejércitos que te van poblando con el signo
del sudor y la lágrima.
Te dejas desgarrar con la violencia desbordada
de quien ha visto la muerte
y en su trance desea estar vivo.
No me das tiempo para averiar mi condición de solitario,
te cuelgas de mi soledad con la agilidad de la serpiente
y ya me tienes sostenido por la claridad de tu noche.
Estamos en alguna esquina
y ya deseas despertar mis bríos,
a pesar de los señores oscuros,
de los asesinos y los farsantes.
Toda tú eres un rito convocante.
Soy un iniciado de tu magia.
Después de ti, la nada
incapaz del conjuro y de los giros libertarios
de tu nostalgia.

IV.

El incendio sin ceniza.
El recuerdo que se sostiene de la imagen
en la que el fuego sigue vigente.
Atraviésame el polvo en las arterias averiadas.
Cura las heridas que el tiempo ha trazado
en círculos animales de inútil clarividencia.
Hazme saber la barbarie en la que mis palabras holgazanas
han servido para el proyecto de la nada.
Recuérdame que mi carne no es más que
el presagio del cadáver y del fósil
cuando está alejada de tu carne.
Incéndiame la sangre con tus bailes inoportunos.
Desgárrame en tu orgasmo.
No permitas que deje de atravesarte el cuerpo
con mis tedios saboreados
desde la breve proporción de ritmos
que me ha concedido la eternidad.
No vayas a creer que mi silencio es un canto.
Tú eres el canto y la historia.
Mi silencio es la cobardía que me invade de momento.
No dejes nunca de ser mi extravío,
la imagen de una edad en la que la libertad consiste
en ser calcinado por el otro,
en sostener la delicia y el éxtasis en el diálogo,
utopía cruel que se debate
entre la emanación y la sorpresa.
El fuego es también la conciencia de la precariedad.
No dejes de atizar mis hogueras diminutas
con el golpe de claridad que son tus miembros
derrotando con sus teas furiosas
la oscuridad de mis miembros.
Habré de ser la conciencia del fuego que me ofreces
en la desnudez urgente de tu cuerpo.
Habremos de ser más impuros
que la tempestad que presagiamos.
El incendio de nuestro amor habrá de sobrevivir
a la ceniza que somos.
Por él, es que seremos eternos.
Aunque estemos hechos de mortalidad,
habremos de desafiarnos en nuestra entrega,
aunque seamos polvo y olvido,
algo, íntimo y apenas nuestro,
dejará el incendiado rastro
de nuestra desnudez inextinguible.

AIRES DE SON


I.

Estás en la voz de Omara
(Ella te sueña desde la latitud
de nuestros pasos al compás del son).
No eres real
cuando del baile se trata.
Te sueño
desde el éxtasis de tu cintura,
desde tu alma mulata
en el cuerpo de porcelana.
A veces,
romperte sin hacerte el menor daño,
así,
fragmentarte hasta el límite del canto,
a veces,
es mi deseo,
en este ritmo de golpes secos
en el que ambos somos
los convocados,
como si Dios estuviera en medio,
como si Dios fuera esta embriaguez primera,
en la que eres diálogo
y esencia.


II.

Cuba:
Te conozco desde la memoria
de lo que creo verdadero,
de lo que no he vivido
pero que crece en mis manos.
Eres la posibilidad de una victoria
irradiante,
la imagen de Lezama y Vitier.
Cuba: yo sueño tus calles y tus olas,
he sido tu pasajero en trance.
Cuba: he estado en lo más hondo de tus ritmos.
Cuando el cuerpo de mi amada es la entrega
que me libera,
eres la Isla habitada,
(Yo te habito en ese cuerpo).



III.

Aprende como el maestro,
muchacho,
no dejes que la rumba
se postergue, mulato,
estás en el barrio,
allí está la gente,
allí el sabio
que se sabe soñado
por su otro,
el rumbero.


IV.

(Coda a Borges y a Lizarazo)

“Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre”
JORGE LUIS BORGES


Aparezco en la mente
de Homero.
Borges me soñó despacio,
en su luz infinita
que como a Nietzsche,
lo obligó a mirarlo todo
despacio,
con la convicción sopesada
de que somos todos y uno.
Jenofonte me tuvo siempre presente.
Sus registros,
agónicos y lentos,
son un homenaje
a mi destino.
Fui el hombre que no abrió
la puerta,
que prefirió el cuerpo de su amada,
a la gesta de los hombres,
que prefirió la biblioteca,
los seres de los libros,
a los diálogos de las cortesanas.
Una noche sin cielo y sin sombras,
soñé la conspiración contra Sucre.
Fui la pereza enorme de las criaturas
y mi virtud consiste en haber sido nadie
para ser todos los hombres.
Soy inmortal
porque a ningún ser de mi época
le importó mi ausencia
por ello,
en cualquier tiempo
y en cualquier espacio:
¡estas palabras permanecerán!


V.

(A Jerry González, Thelonius Monk y Lorena)

El baile de Monk
es una señal para el baterista
,
dice Jerry
con cierto temblor telúrico
en la voz.
Seres nuevos
van agitando la clandestinidad
de estar vivos.
Monk fuma y su sonrisa
es el símbolo de la vibración de un pueblo
bajo los influjos
de un lenguaje libertario.
Monk con esa cadencia victoriosa
es Hemingway y es mi amada.
Jerry es el perro romántico
que acaricia
con furia la trompeta,
pirata que vio en el barril al batá,
y con ello calmó su sed
de poseso.
¿Dónde puedo hallar
esta memoria
de frutos sin gulas,
de mares agitados
por los golpes de ese nuevo instrumento de dioses
trompeta-conga,
Quinto-deyá?
Hay arrabales donde todavía
se puede jugar al baile en las aceras,
a ser auténtico con el acento
y los sobresaltos musicales.
Hay lugares donde puedo atarme
a la cintura de mi amada
sin que nadie grite codicias o pudores.
Sólo en su cuerpo de niña que alza sus brazos
como jugando a tener alas,
hallo la percusión posible
que me ata a aquellos dioses,
a Hemingway,
a aquel perro y a aquel pirata.
En sus caderas de mulata al sol,
de morena que vi bajo diversos rostros
en Río, en Buenaventura y en La Habana,
hallo cierta errancia que espontáneamente
habito con mis manos sedientas
de un piano,
una trompeta
y un tambor.

PLEAMAR - RICORSI


Hambre de liberación,
tus brazos se extienden hacia mí
en el instante torpe en que los miro,
el instante es su potencia
y eres promesa de eternidad.
Hordas calcinantes
vienen hacia tu país
cuando mis dedos te buscan en bocanadas de aire,
en las paredes cuarteadas de las sílabas,
tu imperio se deja batir por mis ansias,
estamos tan liberados el uno en el otro,
que no valdría la pena
decir a los hombres y a las mujeres
que no valdría la pena
luchar así, contra sí mismo,
para poder ser el otro,
para poder soñarse en los brazos-hordas,
en la saga alucinante
de dos pieles que se embisten.
Estás en el silencio
y en la música que promete porvenires,
en esta línea entrecortada
que es la historia de los hombres
en la que somos más que dos seres que se aman,
en la que somos el hambre y la furia,
desesperación y retorno.
Al amarte,
amo la vida que seremos,
y el pasado no es más que un prólogo.
Al amarte amo mi libertad,
porque te elegí victoriosa
con la transversalidad de la promesa.
Vuelta a mi origen,
centro de mis días agitados
por el margen,
mar que contiene mi sed,
carcajada que se sacia con la mía,
madero de mi naufragio,
te sé capaz de mantenerme en pie,
a propósito de tanta muerte,
a propósito de tantos hombres abatidos,
te sé ajena a la podredumbre y a las tiranías,
te sé espada y tambor,
yo te toco amor,
yo te empuño,
soy el resumen de tus ansias,
el soldado que te sabe guitarra
(que no fusil)
y que al luchar por los hombres,
te ama en cada instante.

PLEAMAR


Se oficia de ocultista cuando se tienen las manos preparadas para sopesar hastíos. Con esta frase, el sillón quiere abarcar todo el espacio posible. La lógica inherente a Edgar Allan Poe se desprende del tocadiscos. Los lenguajes son infames para los labios que sólo conocen la dicción del ocultismo. Encerrado en sus temores, cada titubeo naufraga hasta alcanzar, con sus alas, el último pico de las olas. Hay un mar que nos espera sumergido en su furia, en su narcisismo adormilado. Para algunos, la Isla, los manuscritos hallados en botellas, la realidad del agua por todas partes, es una maldición. Pero, en últimas, todos somos náufragos de barcas adheridas a una roca inexistente. Somos hijos de la costa, aunque la lejanía prometa abismos jamás soñados. Ninguno de nosotros se salva del ritmo. Viene Virgilio Piñera y sus doce clavos astillados por la elegía equidistante. Vienen los orígenes de esta sed y de unos brazos que desean el fluir inútil del tiempo. La niña-pleamar se viste de espectro para hacernos soñar con una isla un poco menos gato negro. A mí y a ese que mataré para poder vivir tras mi muerte. Tras esa humilde claridad del vibráfono, del calamar expulsado por los centuriones ebrios, una vida un poco más vida va abriendo sus surcos como si se tratara del arte de los navajazos. Hay heridas sucias de aire en la mente que se defiende con Pozos y Péndulos, toneles de amontillado, máscaras y entierros prematuros. Y la Niña-Pleamar es presencia, tan oportuna cuando el ocultismo y su gracia rota van subiéndose al pecho en esa maldita circunstancia que son los agujeros en el alma. El espectro va rozando con su voz de misterio tanta paz discrepada. La línea del tiempo se va rompiendo y un ritmo mueve los miembros como si se tratara del porvenir. Hay quien piensa que todo esto es una amenaza. No servirán las viejas formas circulares de defensa. Es una amenaza que busca corroer la nada. No puedo expulsar la fuerza instantánea de la resistencia, como podría aconsejar Lezama Lima; es precisamente, una resistencia vestida de mujer la que me convoca. Es la destrucción de mi reposo la que me despierta de un sueño de botellas arrojadas a un mar que se ahoga para salvarse de sí mismo. “La resistencia tiene que destruir siempre al acto y a la potencia que reclaman la antítesis de la dimensión correspondiente”, susurra sordamente el regordete Lezama. ¿A quién puedo reclamarle, José, si tú estás muerto, si derrocho tu memoria esta noche en la que el cuerpo de una mujer recorre mis cenizas, invade lo más ínfimo de mi otredad? No es una dimensión lo que traza la línea frágil de la espalda de esa niña-pleamar que me consume las horas, como queriéndome salvar del tiempo. Se trata de los retratos ovales de la ruptura, de la resistencia atacando mi furia pascaliana, mi miedo estepario. Acaso la niña-pleamar me salvará de las desahuciadas... No lo sé, el ocultismo es arte de hastíos, y he sido interrumpido en mi ceremonia de navajazos que buscan negar la maldita circunstancia del pasado. Lo ridículo de mi paradoja consiste en resistirme a la resistencia. Escapo de mi piel para arrojarme al dolor de manos que engendra la presencia de la niña-pleamar. Ella y su éxtasis agotado por furias desatadas, por un narciso atroz que golpea la sangre. No me basto para salvarme de la amenaza. Mis espejos han amanecido perforados. Un disparo lácteo estropea de golpe la urna donde el ocultismo me hastía de no tener hastíos. Y me reflejo en secuencias repetidas, cacofónico como una lluvia de pájaros, como un eco que muere en la tempestad del ritmo. La niña-pleamar propone desangrarnos, como si fuéramos mares, cuya vena mayor busca Virgilio Piñera en su salto tras las visiones del sueño. Este destino de camisas rotas por los besos de la niña-pleamar es impostergable. Me salvo de salvarme. Me consumo en la satisfacción feroz de aquél que es enterrado vivo. Y ni siquiera el buen Edgar Allan Poe puede salvarme de este fantasma gárrulo y fraterno que me compara con el hierro para fragmentarme. No cabe duda, mis defensas han sido derrochadas. Ni Lezama, ni Piñera, ni la Isla en Peso pueden salvarme. Mis manos se van atando a una extraña libertad que no asfixia. Son los ojos de la niña-Pleamar los que van señalando gracias impostergables. Al diablo con el ocultismo. Los hastíos quedaron derramados en la Isla. Arrojados al mar en una botella que no podrá abrirse. Estoy esperando que la niña vuelva de su sueño y continúe su obra que ahoga la nada. Me duelen los dedos cuando su ausencia arremete contra mis rumores enemigos. Nace una nueva medida de mi dimensión en su cintura lograda a fuerza de relámpagos. Una nueva resistencia va siendo convocada por su boca cifrada en aguaceros. No me queda otro camino que besarla, que trazar líneas inútiles en la seda que se escapa de su vientre como quien oficia de náufrago en el sillón estropeado por mordiscos y caricias llameantes. Voy derrochando su sal con mis aguas agitadas mientras me aísla de mí mismo encerrándose en la absolución de su sueño. Espero el despertar que iluminará esta condición de fugado del tiempo, de sombra que devoró las cifras, que se jacta de no fatigarse después de la resurrección.