DOS POEMAS DESDE EL MAR CARIBE


AITANA


(A Ciénaga, Magdalena, donde vi el mar invadiendo una ciudad de pescadores,
primera revelación del color de mi hija)


Tambor de manglar
acariciado por la suave brisa de un pájaro.
El pez nutre de semillas
cada silencio nacido desde la soledad nocturna
de la nube en explosión.
El árbol busca el silencio ceremonioso del mar
y se sabe perdido en este horizonte
de golpes amontonados
como rocas sobre la piel fruncida
de un animal perezoso.
El niño sabe del mar
desde su memoria láctea,
torpeza fijada al seno de una madre
que lanza las redes del amor
para que un pescador rompa su sonrisa
en la casa breve erigida en medio del abismo
como una ceremonia inconclusa de gemidos y compases.
La muerte es ciega y por ello
tus ojos son un trozo de mar en la embriaguez
de quien juega desde tu orilla
a ser tiniebla.
Blancura del cangrejo
cuando quiere morder la sangre de la palmera,
vendrá la libertad y tendrá tus ojos.
Para ese instante
seré pescador y tu madre
tendrá los senos cargados de leche de coco.
Para ese instante
seré pájaro y fundaré de un grito
el golpeteo de un tambor
al unísono de las caderas del océano,
que habrá de parirte en la euforia rota
del silencio.


SIMÓN



(Desde el mar Caribe,
soportando la terrible inquietud
de no tener a Lorena
y a Fernando con nosotros)

El mar es un niño que juega conmigo.
Su nombre es Simón
si de la noche se trata.
Una mujer me enseñó la delicia salobre de la contradicción.
Aquella mujer es un barco desnudo que recorro con mi sangre.
Desde la otra orilla me está esperando.
Es el mar que contiene mi sed de hormiga
que erige un castillo en el manglar.
Lágrima en el sexo derrotado
por el dolor de estar vivo,
es todas las mujeres: la mujer.
Todos los mares: el mar.
Pequeña yuxtaposición de tinieblas,
el mar es un niño que juega a arrebatarme
si de la sacrosanta noche me salvo.
Estas palabras deberían llegar
como el pregón de un guaguancó.
Pero soy torpe en eso de cantarle al infinito
desde mi mudez ceremoniosa,
por eso doy nombres a la mujer
dadora de las playas, hacedora de la luz resquebrajada.
Ella elije desde sus ímpetus en pleamar
y con su garbo cadencioso,
aprueba mi ritmo torpe.
Los fluidos de la historia
respiran en cada poro de mi piel.
Pero mi piel no es dialéctica
si no la dejo sumergirse en el mar de su antípoda,
piel elegida desde este canto nocturno:
mar de la contradicción que juega a ser niño,
si del nacimiento de Simón se trata.


VICTORIOSAS

(A mi siempre lumínica Lorena, para quien nunca serán suficientes
los poemas, los abrazos y los besos.
A Janette y Gladys, mis hermanitas de verdad).

Yo que creía que el amor no me salvaba.
Había supuesto una soledad enredada en una pluralidad de nombres.
Mujeres palpitantes sobre caballos rotos.
Juegos inmóviles de la discrepancia,
suponiendo el odio en la mirada,
creyendo la victoria reducida a espanto.
Pero conocí a la mujer de tres rostros.
Uno, desde el sur del sur,
sonriendo el mestizaje clarividente de sus manos
en un poema que repujaba en círculos tremebundos.
Subrayados en libros que buscaban una mujer
oculta en lo cotidiano de mi desesperación.
Supuse vampiras, heterónimos, promesas taradas.
Te supuse testigo, mi más sincera compañía,
tanto, que evadía el discurso y en silencio contemplaba
el sueño tardío e inmóvil .
Otro rostro: aquí, en el Caribe,
desde un apartamento que soñé siempre
y que no pude visitar
porque vaya que la vida va imponiendo presagios.
La mujer que me parió habrá de estar orgullosa del abrazo
dado en una esquina a las 3:00 a.m. en Caracas.
El tercer rostro, el inconcluso, el sabio,
felicidad que yo evadía por torpe, por ufano,
por creer que la vida no era más que un recorrido,
una espontaneidad que arremetía con ritmos precarios.
Tercer rostro que ha sido el baile, la memoria,
el perdón, nunca el olvido,
fe en la humanidad resumida en un golpe,
en la muerte de las tiranías y las falsas revelaciones.
Una mujer son estos rostros que oso asir en el aire,
este suspiro por pasados torpes y por futuros impostergables,
en los que los tres rostros son madre, amiga, compañera, amada.
Un rostro es Janette que me dice: “nunca dejes de ser niño”,
es su lágrima ebria cuando con Oscar le cantamos
el cómo fue del Benny Moré que por aquí sigue pasando,
echando candela en nuestras geometrías cómplices y abiertas.
Otro rostro es Gladys escuchándome en cualquier lugar del continente,
diciéndome al oído que también ha creído en el otro,
que está hecha de furias y victorias, de baile postergado en los Andes,
Caribe que se expande y dilata, como un suspiro de niña rota por el
tiempo.
Y el tercero, la síntesis, el mestizaje más amado,
tú, Lorena, nombre bélico, total profesora de mis días,
me has enseñado a conjugar el verbo amar, sin evasiones,
sin rupturas, tú mi eterno recomienzo,
habrás de saber que te llevo siempre en mi,
donde quiera que vaya,
porque soy tu cuerpo,
porque soy el futuro que soñaste desde tu nacimiento,
soy la semilla del amor que hemos guardado en nuestras vidas torpes
cuando nos dábamos el lujo de vivir sin conocernos,
de andar por ahí sin el amor a cuestas, tan solos y desprotegidos,
suponiendo en ciertas gestos que estábamos hechos el uno para el otro,
cuando éramos extranjeros de nuestro amor,
cuando escribía silencios repetidos y falsos,
y tú bailabas sola, creyendo que ese cuerpo habría de llegar,
aquí, ahora, cuando te empuño como espada,
cuando te derroto con mi sangre caliente
de animal hecho de memoria.
Habrás de saber que he dicho a todos mi más humilde verdad:
las hordas me persiguen y tú, con tu amor, me has salvado.
Yo que creía que el odio es extravío,
sé que puedo odiar porque en tres miradas puedo atrincherarme,
tres rostros que me enseñan a combatir con las horas
y las postergaciones: el perdón, nunca el olvido,
síntesis de una mujer divina, almiprieta, maravillada
que la historia, siempre frágil y colmada de ironías,
llamó mar, llamó montaña,
nombró América,
con temeridad y espanto.

CREPÚSCULO DESDE EDGARDO POE

Edgar Allan Poe
danzando en su embriaguez circular
soñó dos amantes en el trópico
que no podrían separarse nunca.
Tal vez estabas en el corazón palpitante de los entablados.
Me preguntas con el tic silencioso
de tu cuerpo aleteado por mis ansias
sobre los grados que del amor
podría deducir en tus ojos.
Mi respuesta ha de tener cuanta salvedad
de colores
podría inventar,
hechizado por tu risa.
Pero la cuestión está en mi corazón delator,
el mismo del entablado,
el mismo de Poe,
que te susurraba niña
en la incandescencia de tu sueño.
Inmortal has sido en la precariedad de mi memoria.
Podría insistir entonces en un monumento de palabras
donde como un pájaro,
pueda erigir tu risa.
Para ello está la intimidad de nuestras sangres;
la habitación luminosa donde siempre
hemos dicho la palabra siempre,
no con palabras
(esas enanas despreciables)
sino con la hegemonía palpitante de nuestras furias.
Embriaguez que no me daña,
tu cuerpo se deja habitar por la tarde
y es un crepúsculo que recorro con los labios.
Tremendo lío de canciones es tu fe en mí
que me sostiene y traza mis caminos de ermitaño.
¿Habría entonces absolución posible para el pasado?
¿Cómo decirte que hasta ahora te invoca,
aquel que jugueteaba al cuerpo y a la ceniza
y a fuerza de laceraciones
te presagiaba y titubeaba tu nombre?
Sólo me queda el monumento del gesto.
Las palabras pueden evadirse.
Lo escrito puede morir en un diluvio,
el hombre habrá de fundar una nueva historia
y es probable que no sea necesario escribirla.
Las palabras dichas no las he dicho yo,
las dirá el tiempo.
Por ello, soy la acción circular del ebrio.
Vino crepuscular el de tu vida
que apareció en las largas caminatas de mi desesperanza.
¿Cómo decirte que eres tú mi renacimiento?
Ahora que empiezas a descifrar los evangelios,
ahora que el cielo está agujereado por la metralla,
ahora que tu cuerpo es también un combate,
habrás de comprender mi mirada y mis arcanos,
habrás de saber que siempre te he amado,
sin medida, sin el balbuceo de un rostro,
sólo tú soñada desde agujeros en los que supuse libertades
y sólo hallé dogmatismos y fingimientos.
Ahora que descifras la profecía,
y que estás a mi lado para cuidarme de todo
cuanto ignominia y ficción,
infinita e irradiante,
como el trozo de tierra en el que nos hallamos,
podremos recuperar el juego de las claves en los libros,
el extraño hábito de incendiar evangelios,
el juego de soñar nuevos significantes de la raza.
Podremos entender que sí, que es cierto;
que Edgar Allan Poe,
danzando en su embriaguez circular,
soñó dos amantes en el trópico
que no podrían separarse nunca.

BAILARINA

En las aristas silenciosas
donde el tiempo
se desliza en imposibles,
la bailarina sonríe
cerrando los ojos
y es su cuerpo
un pentagrama de simetrías
que surgen de sí mismas,
evocadas.
La contemplo desde mi triste
condición de sordo
que a veces no puede comprender
la magnitud de sus movimientos,
armonía testaruda
en la que el silencio se detiene,
entrecortado.
Ella extiende sus brazos
como ofreciendo el fuego de sus pechos,
algo en mí se exaspera,
presto al incendio y la ceniza,
y recorre con la ceguedad del aceite,
las superficies barrocas
de sus formas.
De repente,
la bailarina
se deja acariciar
por la furia equidistante
de pulsiones extraviadas que salen de mis manos,
está allí para ser la historia y la música,
la poesía y la memoria,
la saga y el canto,
el espiral averiado de este instante
que se consume en sus gestos,
en la disipación apenas mágica
de sus oscilaciones.
La bailarina entonces ya no es humana.
Se lastima con sus pasos encantados,
con su cintura colmada de geometrías leves.
Testigo cruel de su oficio,
endulzo su piel con mi golpeteo leve,
con esta hambre de percusionista
que la sueña despierta.
Exhalo el aire de la bailarina,
estoy vivo en su derroche de luz,
en su ritmo agujereado,
algo en su tranquilidad imposible,
roba gritos a las aristas
y una sensación de olvido del tiempo
me detiene en la breve inmortalidad
de sus formas.

IMAGOS SOBRE UNA MUJER DESNUDA

I.

No soy hijo de los dioses.
No he sido el héroe que soñó la tempestad.
Sólo he sido testigo de los silencios
desprendidos del lamento.
Aprendí a descifrar los interregnos del grito.
Soy criatura de fuego,
síntesis de glaciares soñados por Agamenón.
Cuando los dánaos robaban el sueño a los héroes,
yo te soñaba en silencio.
La imagen penetrante de tus músicas circulares,
despertaban en mis miembros
la paz que la historia me ha negado.
Supuse que eras una diosa y lloré
por la precariedad y el insomnio.
Recorrí los laberintos de la Era,
buscándote en la mirada de los hombres,
en los juegos de las mujeres y sus hijos.
Estabas en lo más profundo de mi yo solitario.
Me acompañabas con un Eros que sólo
podía explicarme en soledad.
Luego me dijeron que estabas más cerca
de lo que había soñado.
Surqué el infierno en todas sus versiones,
posibilidad imposible de encontrarte.
Dante y Virgilio me ofrecían su extrañeza
a cada paso.
Tú eras la poesía y la amada.
Eras la negación del tiempo.
El poeta me decía que al infierno se llega
cuando se ama.
Te fui buscando en caminos torpes,
Los cuerpos de los fantasmas
eran mi más humana pesquisa.
Tu seguías bailando
a la espera de mis tambores órficos.
Luego vinieron los tiempos en los que un tal Sancho Panza
fue nombrado gobernador de la aldea
donde quise pernoctar el insomnio de tu ausencia.
Sus juicios me anticiparon la ruptura con las geometrías
y la posibilidad infinita de tenerte a mi lado.
Yo te soñé desde antes de mi nacimiento,
bailarina del silencio.
Te busqué en los fantasmas de un pasado
que insistía en disiparte.
He aprendido la felicidad en tus vuelos.
Eres ajena a la esclavitud de la lógica.
Estás en la urdimbre sencilla de la imagen
y en la era imaginaria en la que seremos libres.
La libertad está en tus gestos
de mujer que se estremece con el tambor,
con la percusión de los dioses redentores.
Estás en el delirio de Simón y en la gota de tinta de Martí.
Fuiste soñada en las rebeldías de los comuneros.
Los campesinos me hablaron de ti
al paso galopante del futuro.
Te he presentido desde el recuerdo del mañana
que me sostiene
testarudo y admirado,
gozoso porque esta tempestad
al fin es nuestra.


II.

Totalidad transparente,
negación del insomnio,
llegaste transportada por una imagen
que prometía la claridad.
Anulaste el tiempo con tu mestizaje revelador.
Mis aguijones te elevaron
a la más alta cumbre de la sangre,
y victoriosa,
enredaste tus movimientos de mariposa herida
al calor irradiante de los cielos protectores.
Cada cual lleva en su memoria
Una versión del cielo que le ofrece
la convicción íntima de estar en casa.
Mi errancia me llevó a creer que la orfandad
era mi signo y mi destino.
Pero mi hogar está en tu cuerpo.
En tus movimientos de tempestad
simultánea y sucesiva,
discontinua y desgarrada.
Violencia emancipadora,
tus gestos atacaron las fauces inconclusas
de mi misterio, de mi contradicción más pura.
La soledad siempre fue tu única rival.
Supiste jugar con ella,
amarrarla a puertos incendiados
por la derrota inconmensurable de nuestro cansancio.
Estar cansado del mundo
es herirte con mi desesperada ansiedad
de lograr compartirte mis claridades difusas,
mis más íntimos secretos.
Unidad silenciosa que en su sencillez irradiante
jugaba a presentárseme en fragmentos,
eras el sueño y la promesa,
eras la muerte del tiempo.
Sólo tú supiste descifrar los signos
de la carne del espejo.
No hay sombra que te disipe.
Mi cuerpo es ahora territorio de emancipaciones.
Juego a tatuar el agua en las aristas de tu ceremonia
y en la pureza de tu sueño,
duermo el insomnio que dejamos olvidados
en fragmentaciones que ya no nos pertenecen.


III.

Hay horas en las que también eres nostalgia.
Nostalgia de tu cuerpo recién entregado.
Ruptura con los principios torpes del tiempo
que se disipa en los espasmos de tierra y polvo
que juguetean en tu vientre.
Observo la desnudez de tu silencio
y desearía ser apenas un espectador de tu aliento,
un testigo torturado de tus escapatorias.
No me lo permites.
Siempre estás queriendo que sea comandante
de ejércitos que te van poblando con el signo
del sudor y la lágrima.
Te dejas desgarrar con la violencia desbordada
de quien ha visto la muerte
y en su trance desea estar vivo.
No me das tiempo para averiar mi condición de solitario,
te cuelgas de mi soledad con la agilidad de la serpiente
y ya me tienes sostenido por la claridad de tu noche.
Estamos en alguna esquina
y ya deseas despertar mis bríos,
a pesar de los señores oscuros,
de los asesinos y los farsantes.
Toda tú eres un rito convocante.
Soy un iniciado de tu magia.
Después de ti, la nada
incapaz del conjuro y de los giros libertarios
de tu nostalgia.

IV.

El incendio sin ceniza.
El recuerdo que se sostiene de la imagen
en la que el fuego sigue vigente.
Atraviésame el polvo en las arterias averiadas.
Cura las heridas que el tiempo ha trazado
en círculos animales de inútil clarividencia.
Hazme saber la barbarie en la que mis palabras holgazanas
han servido para el proyecto de la nada.
Recuérdame que mi carne no es más que
el presagio del cadáver y del fósil
cuando está alejada de tu carne.
Incéndiame la sangre con tus bailes inoportunos.
Desgárrame en tu orgasmo.
No permitas que deje de atravesarte el cuerpo
con mis tedios saboreados
desde la breve proporción de ritmos
que me ha concedido la eternidad.
No vayas a creer que mi silencio es un canto.
Tú eres el canto y la historia.
Mi silencio es la cobardía que me invade de momento.
No dejes nunca de ser mi extravío,
la imagen de una edad en la que la libertad consiste
en ser calcinado por el otro,
en sostener la delicia y el éxtasis en el diálogo,
utopía cruel que se debate
entre la emanación y la sorpresa.
El fuego es también la conciencia de la precariedad.
No dejes de atizar mis hogueras diminutas
con el golpe de claridad que son tus miembros
derrotando con sus teas furiosas
la oscuridad de mis miembros.
Habré de ser la conciencia del fuego que me ofreces
en la desnudez urgente de tu cuerpo.
Habremos de ser más impuros
que la tempestad que presagiamos.
El incendio de nuestro amor habrá de sobrevivir
a la ceniza que somos.
Por él, es que seremos eternos.
Aunque estemos hechos de mortalidad,
habremos de desafiarnos en nuestra entrega,
aunque seamos polvo y olvido,
algo, íntimo y apenas nuestro,
dejará el incendiado rastro
de nuestra desnudez inextinguible.

AIRES DE SON

I.

Estás en la voz de Omara
(Ella te sueña desde la latitud
de nuestros pasos al compás del son).
No eres real
cuando del baile se trata.
Te sueño
desde el éxtasis de tu cintura,
desde tu alma mulata
en el cuerpo de porcelana.
A veces,
romperte sin hacerte el menor daño,
así,
fragmentarte hasta el límite del canto,
a veces,
es mi deseo,
en este ritmo de golpes secos
en el que ambos somos
los convocados,
como si Dios estuviera en medio,
como si Dios fuera esta embriaguez primera,
en la que eres diálogo
y esencia.


II.

Cuba:
Te conozco desde la memoria
de lo que creo verdadero,
de lo que no he vivido
pero que crece en mis manos.
Eres la posibilidad de una victoria
irradiante,
la imagen de Lezama y Vitier.
Cuba: yo sueño tus calles y tus olas,
he sido tu pasajero en trance.
Cuba: he estado en lo más hondo de tus ritmos.
Cuando el cuerpo de mi amada es la entrega
que me libera,
eres la Isla habitada,
(Yo te habito en ese cuerpo).



III.

Aprende como el maestro,
muchacho,
no dejes que la rumba
se postergue, mulato,
estás en el barrio,
allí está la gente,
allí el sabio
que se sabe soñado
por su otro,
el rumbero.


IV.

(Coda a Borges y a Lizarazo)

“Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre”
JORGE LUIS BORGES


Aparezco en la mente
de Homero.
Borges me soñó despacio,
en su luz infinita
que como a Nietzsche,
lo obligó a mirarlo todo
despacio,
con la convicción sopesada
de que somos todos y uno.
Jenofonte me tuvo siempre presente.
Sus registros,
agónicos y lentos,
son un homenaje
a mi destino.
Fui el hombre que no abrió
la puerta,
que prefirió el cuerpo de su amada,
a la gesta de los hombres,
que prefirió la biblioteca,
los seres de los libros,
a los diálogos de las cortesanas.
Una noche sin cielo y sin sombras,
soñé la conspiración contra Sucre.
Fui la pereza enorme de las criaturas
y mi virtud consiste en haber sido nadie
para ser todos los hombres.
Soy inmortal
porque a ningún ser de mi época
le importó mi ausencia
por ello,
en cualquier tiempo
y en cualquier espacio:
¡estas palabras permanecerán!


V.

(A Jerry González, Thelonius Monk y Lorena)

El baile de Monk
es una señal para el baterista
,
dice Jerry
con cierto temblor telúrico
en la voz.
Seres nuevos
van agitando la clandestinidad
de estar vivos.
Monk fuma y su sonrisa
es el símbolo de la vibración de un pueblo
bajo los influjos
de un lenguaje libertario.
Monk con esa cadencia victoriosa
es Hemingway y es mi amada.
Jerry es el perro romántico
que acaricia
con furia la trompeta,
pirata que vio en el barril al batá,
y con ello calmó su sed
de poseso.
¿Dónde puedo hallar
esta memoria
de frutos sin gulas,
de mares agitados
por los golpes de ese nuevo instrumento de dioses
trompeta-conga,
Quinto-deyá?
Hay arrabales donde todavía
se puede jugar al baile en las aceras,
a ser auténtico con el acento
y los sobresaltos musicales.
Hay lugares donde puedo atarme
a la cintura de mi amada
sin que nadie grite codicias o pudores.
Sólo en su cuerpo de niña que alza sus brazos
como jugando a tener alas,
hallo la percusión posible
que me ata a aquellos dioses,
a Hemingway,
a aquel perro y a aquel pirata.
En sus caderas de mulata al sol,
de morena que vi bajo diversos rostros
en Río, en Buenaventura y en La Habana,
hallo cierta errancia que espontáneamente
habito con mis manos sedientas
de un piano,
una trompeta
y un tambor.

PLEAMAR - RICORSI

Hambre de liberación,
tus brazos se extienden hacia mí
en el instante torpe en que los miro,
el instante es su potencia
y eres promesa de eternidad.
Hordas calcinantes
vienen hacia tu país
cuando mis dedos te buscan en bocanadas de aire,
en las paredes cuarteadas de las sílabas,
tu imperio se deja batir por mis ansias,
estamos tan liberados el uno en el otro,
que no valdría la pena
decir a los hombres y a las mujeres
que no valdría la pena
luchar así, contra sí mismo,
para poder ser el otro,
para poder soñarse en los brazos-hordas,
en la saga alucinante
de dos pieles que se embisten.
Estás en el silencio
y en la música que promete porvenires,
en esta línea entrecortada
que es la historia de los hombres
en la que somos más que dos seres que se aman,
en la que somos el hambre y la furia,
desesperación y retorno.
Al amarte,
amo la vida que seremos,
y el pasado no es más que un prólogo.
Al amarte amo mi libertad,
porque te elegí victoriosa
con la transversalidad de la promesa.
Vuelta a mi origen,
centro de mis días agitados
por el margen,
mar que contiene mi sed,
carcajada que se sacia con la mía,
madero de mi naufragio,
te sé capaz de mantenerme en pie,
a propósito de tanta muerte,
a propósito de tantos hombres abatidos,
te sé ajena a la podredumbre y a las tiranías,
te sé espada y tambor,
yo te toco amor,
yo te empuño,
soy el resumen de tus ansias,
el soldado que te sabe guitarra
(que no fusil)
y que al luchar por los hombres,
te ama en cada instante.

PLEAMAR

Se oficia de ocultista cuando se tienen las manos preparadas para sopesar hastíos. Con esta frase, el sillón quiere abarcar todo el espacio posible. La lógica inherente a Edgar Allan Poe se desprende del tocadiscos. Los lenguajes son infames para los labios que sólo conocen la dicción del ocultismo. Encerrado en sus temores, cada titubeo naufraga hasta alcanzar, con sus alas, el último pico de las olas. Hay un mar que nos espera sumergido en su furia, en su narcisismo adormilado. Para algunos, la Isla, los manuscritos hallados en botellas, la realidad del agua por todas partes, es una maldición. Pero, en últimas, todos somos náufragos de barcas adheridas a una roca inexistente. Somos hijos de la costa, aunque la lejanía prometa abismos jamás soñados. Ninguno de nosotros se salva del ritmo. Viene Virgilio Piñera y sus doce clavos astillados por la elegía equidistante. Vienen los orígenes de esta sed y de unos brazos que desean el fluir inútil del tiempo. La niña-pleamar se viste de espectro para hacernos soñar con una isla un poco menos gato negro. A mí y a ese que mataré para poder vivir tras mi muerte. Tras esa humilde claridad del vibráfono, del calamar expulsado por los centuriones ebrios, una vida un poco más vida va abriendo sus surcos como si se tratara del arte de los navajazos. Hay heridas sucias de aire en la mente que se defiende con Pozos y Péndulos, toneles de amontillado, máscaras y entierros prematuros. Y la Niña-Pleamar es presencia, tan oportuna cuando el ocultismo y su gracia rota van subiéndose al pecho en esa maldita circunstancia que son los agujeros en el alma. El espectro va rozando con su voz de misterio tanta paz discrepada. La línea del tiempo se va rompiendo y un ritmo mueve los miembros como si se tratara del porvenir. Hay quien piensa que todo esto es una amenaza. No servirán las viejas formas circulares de defensa. Es una amenaza que busca corroer la nada. No puedo expulsar la fuerza instantánea de la resistencia, como podría aconsejar Lezama Lima; es precisamente, una resistencia vestida de mujer la que me convoca. Es la destrucción de mi reposo la que me despierta de un sueño de botellas arrojadas a un mar que se ahoga para salvarse de sí mismo. “La resistencia tiene que destruir siempre al acto y a la potencia que reclaman la antítesis de la dimensión correspondiente”, susurra sordamente el regordete Lezama. ¿A quién puedo reclamarle, José, si tú estás muerto, si derrocho tu memoria esta noche en la que el cuerpo de una mujer recorre mis cenizas, invade lo más ínfimo de mi otredad? No es una dimensión lo que traza la línea frágil de la espalda de esa niña-pleamar que me consume las horas, como queriéndome salvar del tiempo. Se trata de los retratos ovales de la ruptura, de la resistencia atacando mi furia pascaliana, mi miedo estepario. Acaso la niña-pleamar me salvará de las desahuciadas... No lo sé, el ocultismo es arte de hastíos, y he sido interrumpido en mi ceremonia de navajazos que buscan negar la maldita circunstancia del pasado. Lo ridículo de mi paradoja consiste en resistirme a la resistencia. Escapo de mi piel para arrojarme al dolor de manos que engendra la presencia de la niña-pleamar. Ella y su éxtasis agotado por furias desatadas, por un narciso atroz que golpea la sangre. No me basto para salvarme de la amenaza. Mis espejos han amanecido perforados. Un disparo lácteo estropea de golpe la urna donde el ocultismo me hastía de no tener hastíos. Y me reflejo en secuencias repetidas, cacofónico como una lluvia de pájaros, como un eco que muere en la tempestad del ritmo. La niña-pleamar propone desangrarnos, como si fuéramos mares, cuya vena mayor busca Virgilio Piñera en su salto tras las visiones del sueño. Este destino de camisas rotas por los besos de la niña-pleamar es impostergable. Me salvo de salvarme. Me consumo en la satisfacción feroz de aquél que es enterrado vivo. Y ni siquiera el buen Edgar Allan Poe puede salvarme de este fantasma gárrulo y fraterno que me compara con el hierro para fragmentarme. No cabe duda, mis defensas han sido derrochadas. Ni Lezama, ni Piñera, ni la Isla en Peso pueden salvarme. Mis manos se van atando a una extraña libertad que no asfixia. Son los ojos de la niña-Pleamar los que van señalando gracias impostergables. Al diablo con el ocultismo. Los hastíos quedaron derramados en la Isla. Arrojados al mar en una botella que no podrá abrirse. Estoy esperando que la niña vuelva de su sueño y continúe su obra que ahoga la nada. Me duelen los dedos cuando su ausencia arremete contra mis rumores enemigos. Nace una nueva medida de mi dimensión en su cintura lograda a fuerza de relámpagos. Una nueva resistencia va siendo convocada por su boca cifrada en aguaceros. No me queda otro camino que besarla, que trazar líneas inútiles en la seda que se escapa de su vientre como quien oficia de náufrago en el sillón estropeado por mordiscos y caricias llameantes. Voy derrochando su sal con mis aguas agitadas mientras me aísla de mí mismo encerrándose en la absolución de su sueño. Espero el despertar que iluminará esta condición de fugado del tiempo, de sombra que devoró las cifras, que se jacta de no fatigarse después de la resurrección.

EL POETA EXIGE SU TRANSPARENCIA


“¡Canta!, Canta porque cantar es la misión del poeta
y baila, porque bailar es el destino de la pureza”.
VINICIUS DE MORAES

Reviso papeles del pasado.
Llamo a alguien que no quiere venir.
El instante de la soledad
se acentúa con el golpeteo de los cristales
bajo la penumbra lúcida de la noche.
En el pasado,
silencios que roen mi permanencia.
Recuerdos de Oliverio Girondo
examinando cuidadosamente los senos de Praga,
un sombrero que alguien usaba a título de encierro,
palabras que no dejo de repetir,
aunque cambien los rostros y los cuerpos.

De repente: tu nombre,
salvedad de todo lo innombrable.
Contradicciones atacan el sacrilegio
en el que se ha convertido estar vivo.
Estás en esa zona que hace tantos días
presumí indescifrable.
Voy trazando las líneas de tu cuerpo
en este ventanal arañado por las sombras.
Estás en este instante
en el que podría jugármelo todo
hasta hartarme de mi falta de hastío.
Hoy pensé en la inutilidad de las cosas,
en las manos blancas que van resquebrajando
la vitalidad y sus misterios,
vi hospitales hasta el límite del parto
y hombres cantando la satisfacción
de haber matado a tiempo.
(Estoy desnudo,
a pesar de la escafandra y la sonrisa,
y de cuando en cuando
voy desempolvando, a voluntad y sin reserva,
uno que otro fantasma
que no logré decapitar
por cobardía o por afecto).

No quiero y debería dormir,
incluso en este territorio de las alucinaciones permitidas
(las de aquél que descansa sin molestar a nadie,
estarás presente con tu silencio exacto,
con tu vientre intacto
a pesar de mis rumores,
con esa forma de recordarme que existo
separando las manos,
ofreciendo los astros del pecho.
En esa lucha por amar con la mirada
al cielorraso,
te vas dejando evocar
y el cristal de tus costillas
no se deja vencer por el olvido.
Imagen de mi imagen,
símbolo simbolizante cuyo silencio
es metáfora y reflejo,
mujer original cuyo éxtasis
consiste en hacer de su soledad
la búsqueda de sí misma.
Tú, mi otro: señal transmutada
de la potencialidad y el acto.
Traducción etérea,
cuerpo memorable,
deseo de mi deseo
que se expande deseándome,
signo de la metafísica de mi instante,
amalgama de ojos dispuestos a morderme,
te veo venir con la ambigüedad de tu yo fantasma,
con el ceremonioso galopar de la transparencia.

Me lastima ser de carne, no poder
unirme al viaje de tu espectro,
recuerdo que debo dejarte descansar,
en mi necia esperanza de haberte convocado
con estas palabras de un instante cualquiera,
ese instante preciso
en el que la imagen de los seres
lacera en su reposo
y sólo tú te dejas tocar
sin pretensiones lastimeras,
en la niebla de este espiral de silencios
que roen el cristal de la memoria.

SIN DUDA

En el acto en el que rompo tus fibras
y te reconcilias en la desnudez,
voy trazando los rostros que deshaces
con la punta de los dedos
y que pueblan nuestros cuerpos
de furias equidistantes.
En la agresividad de tus senos
que caen en el cielo de la memoria,
como uvas de un paraíso perdido
que en el esplendor de tu boca presiento,
te abres como un volcán
que quiere destrozar mis nombres
y jugar al anagrama
rompiendo, sólo rompiendo.
Ven, anís estancado en las manos,
ven, instante que funde todos los instantes,
aquí, ahora,
dame ese fragmento en el que lo destruimos todo
para que sólo los dos seamos
el límite y la apreciación de las cosas,
ven y decapitemos a todos los seres
que no se expanden en nuestro deseo.
Imagen postergada de la plenitud,
analogía recalcitrante,
metáfora de mi cuerpo que pide a gritos tu cuerpo,
no tardes en incendiar la ciudad
con la ternura convicta de tus gestos,
con el anarquismo de tu vientre
que en su golpe de madera y harina
no se cansa de gritar ese más allá
que juntos presentimos
en la vigilia inútil
de sabernos dos extraños.

NOTAS DE UNA COMPARSA

“Oye cómo el silencio
se hizo de repente
para nuestro amor”
VINICIUS DE MORAES

Escucho un vibráfono
y bajo sus saciedades,
un cencerro que va forjando
en su ritmo circular,
los bucles gráciles de tu cintura.
Mujer de los firmamentos y las aves,
vas configurándote toda en esta música
que nace trunca en mis manos
sedientas de tu cuerpo
y de tu sangre cristalizada
en instantes de azúcar.
Tú, el resumen de Suramérica,
con tus senos centelleantes
y tus ojos-pájaro que se agitan
en cielos olvidados,
el amor y la amada
conjugados en el poeta
son uno solo en tu llanto.
Aquí están las ansias
derrocadas por el orden marcial del guaguancó,
trombones que exageran en estar felices,
tambores de un Dios que apenas se asoma
en nuestros cuerpos
cuando la tarde es poca para sabernos eternos.
Escucho un vibráfono,
es el golpe de Joe Madrid
con flauta y soneo,
voces que me reclaman libre,
que me exigen estar a tu lado,
en la contemplación apenas torpe
de saber que eres música,
libertad que fustigué con palabras
y se deja habitar por
mi silencio.

TE AMO EN ESTOS DIAS DE ESPERANZA

(En Lorena … a la América del nuevo hombre)


Te amo por que sí,
porque no hay epistemología
en nuestro amor.
Porque sabes de mi extrañeza,
frente a eso que llamamos
Realidad,
con mayúscula y espanto.
Te amo porque sabes amarme
en el lugar preciso de los cuerpos,
en el lugar preciso de esta ciudad,
donde no soy más que un peatón
que soñó alguna vez con ser poeta
y que se sabe impuro,
oscilado.
Te amo porque tienes los miembros perfectos,
porque me aferro a ellos
(casi desgarrándonos)
y al curar las heridas que yo mismo les hago,
curas las mías,
aquellas imperceptibles
y falsas,
pero que duelen
como el hecho mismo
de no tenerlas.
Te amo porque sí,
porque cuando te beso
no hay explicaciones,
porque tu cintura es el volcán
donde entrego mis rupturas,
porque tienes el aroma de la mujer
en el lugar preciso:
porque duermes en mi pecho
mientras hablo de ti a los extraños
de esta confusión alegre
que eres tú en el mundo.
Porque eres mi Hada de la esperanza
y tienes la expresión contundente
que me olvida de mí mismo
y de mi situación de derrotado,
porque eres una mujer total,
así: sencilla, móvil,
danzarina, sonriente,
porque a mis hastíos
propones la tempestad de tu risa,
porque a mis discrepancias
opones la exagerada curación
que es tu cuerpo desnudo,
porque estás hecha de carne
y porque tu movimiento
te hace lo más vivo entre mis dedos
que sin ti estuvieron cansados
de arañar la tierra,
porque eres un trozo de cielo
en la sinuosidad de mi nada,
por ser sencilla,
por ser la palabra que sobra,
el canto que danza,
por ser timbales, Guillén,
vibráfono, piano, Lavoe,
el ser que promete la voz de Omara,
niña de ojos de gitana,
egipcia extraviada en una edad de plomo.
Por ser la constante de mis líneas entrecortadas,
por eso y por que se me viene en gana,
por ser tu vida un poema verdadero,
por eso te amo
y en ti,
a este instante libertario
que nos atrapa.

LUCIDEZ DE LOS CUERPOS


“También lo que destruye a un ser lo desencadena; el desencadenamiento es siempre la ruina de un ser que se ha dado a sí mismo los límites de las conveniencias. El mero desnudar es ya ruptura de esos límites”.
GEORGES BATAILLE

Hay lucidez
en el instante en que te deseo,
furiosa y clandestina,
desgarrada y obvia.
Objeto del deseo
desencadenado en la ruina de su ser,
destrucción del instante
que se ha dado a sí mismo
el límite y la desnudez;
soy torpe en eso de tocarte,
eres la apertura y el obstáculo
de estas manos que se detienen
hasta exasperarte
(infinitud disgregada)
ante la imposibilidad,
apenas momentánea,
de arrebatarte de ti misma
en mi propio arrebato.

ENTONCES

(A Lorena, cuya paciencia ha de tener algún límite)

Estropeado hasta los huesos
por sí mismo,
el farsante sacude sus disfraces
y piensa levemente
en la última sonrisa.
¿Cuál de todas ellas
fue la verdadera?
Prefiere suponer que no está solo,
que alguien o algo
desde la evasión más leve,
le contempla en silencio.
Pero recuerda que es el individuo
que renunció a los merecimientos.
Sumergido en su propia contradicción
preferiría estar solo,
no por cuestiones de estilo,
la soledad es ya un lugar común
y una falta de sintaxis.
Lo prefiere por evitar
ser contemplado,
por evadirse de sí mismo
hasta los huesos
que tanto le cuesta alzar
al momento exacto
en el que el sueño decide
no soñar que sueña.
Tú sabes en tu nobleza
más pura,
la de ser tú,
la de amarlo,
que estás ahí para consolarle,
que estás a su derecha
para recordarle que respirar
no es sólo un acto inútil,
que es también una promesa
de inmortalidad.
Tú, en tu sencillez más concreta,
la de sonreír, inevitablemente,
estás ahí
para recordarle
que lo invisible
también puede sobrevivirle,
que el amor es más que un mito,
que él en su soledad
no se es suficiente.
El farsante en su testarudez infinita,
sin saberlo,
sin tener apenas conciencia de su ignominia,
te da la espalda.
Has decidido entonces,
no insistir,
dejarlo allí,
ensimismado con sus trajes.
Las dos espaldas entonces,
se siguen amando
y el farsante
se sabe próximo
a desaparecer
aunque sea
para sí mismo.