que el pasillo de un tren de madrugada.
Uno más uno no puede ser igual a dos.
En mi caso, sería el vacío,
porque llevo conmigo mis sombras y fantasmas.
Sin ti soy igual a la nada.
A la larga espera de la noche inconclusa.
Te imagino durmiendo y brotan lágrimas como si
de repente me convirtiera en ti.
¿Con qué sueñas, amor mío?
¿Con mis tristezas de trenes insólitos
en la memoria del solitario
que dedica el trinar de sus bongoes
a la nada de los túneles sordos?
¿En mis hambrunas de taxis sin desayuno,
sin astros que roncan a espaldas del mar?
Soy el tren que siempre esperas,
el que llevó algún día los muertos de Macondo.
Aprendiste de memoria mis horarios y mis rutas
porque nunca los tomarás.
¿Te imaginas lo triste que debo verme en una estación?
¿No supones que algo de mis costillas se parte
cuando camino las ramblas colmadas de bisuterías y misterios?
He comprado sombreros diminutos, de lata.
Los lanzo al vacío de los rieles
para que se descarrilen mis esperanzas de tenerte.
Pero los sombreritos de lata son torpes como yo.
Al primer indicio de la discrepancia
se marchitan como orquídeas
que alguien sembró en la boca de la noche.
¿Me creerías si te digo que desde hace dos días
no ha parado de llover en Barcelona?
Ojalá los trenes se derritieran
y las islas se cayeran de sus pesos.
Así, no tendrías otra opción que invocarme.
Allí estaré, como una estación de madrugada,
como un tren que no te llevará a ninguna parte.
Bellaterra, Barcelona, 24 de Octubre de 2011
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