AITANA
(A Ciénaga, Magdalena, donde vi el mar invadiendo una ciudad de pescadores,
primera revelación del color de mi hija)
primera revelación del color de mi hija)
Tambor de manglar
acariciado por la suave brisa de un pájaro.
El pez nutre de semillas
cada silencio nacido desde la soledad nocturna
de la nube en explosión.
El árbol busca el silencio ceremonioso del mar
y se sabe perdido en este horizonte
de golpes amontonados
como rocas sobre la piel fruncida
de un animal perezoso.
El niño sabe del mar
desde su memoria láctea,
torpeza fijada al seno de una madre
que lanza las redes del amor
para que un pescador rompa su sonrisa
en la casa breve erigida en medio del abismo
como una ceremonia inconclusa de gemidos y compases.
La muerte es ciega y por ello
tus ojos son un trozo de mar en la embriaguez
de quien juega desde tu orilla
a ser tiniebla.
Blancura del cangrejo
cuando quiere morder la sangre de la palmera,
vendrá la libertad y tendrá tus ojos.
Para ese instante
seré pescador y tu madre
tendrá los senos cargados de leche de coco.
Para ese instante
seré pájaro y fundaré de un grito
el golpeteo de un tambor
al unísono de las caderas del océano,
que habrá de parirte en la euforia rota
del silencio.
SIMÓN
(Desde el mar Caribe,
soportando la terrible inquietud
de no tener a Lorena
y a Fernando con nosotros)
El mar es un niño que juega conmigo.
Su nombre es Simón
si de la noche se trata.
Una mujer me enseñó la delicia salobre de la contradicción.
Aquella mujer es un barco desnudo que recorro con mi sangre.
Desde la otra orilla me está esperando.
Es el mar que contiene mi sed de hormiga
que erige un castillo en el manglar.
Lágrima en el sexo derrotado
por el dolor de estar vivo,
es todas las mujeres: la mujer.
Todos los mares: el mar.
Pequeña yuxtaposición de tinieblas,
el mar es un niño que juega a arrebatarme
si de la sacrosanta noche me salvo.
Estas palabras deberían llegar
como el pregón de un guaguancó.
Pero soy torpe en eso de cantarle al infinito
desde mi mudez ceremoniosa,
por eso doy nombres a la mujer
dadora de las playas, hacedora de la luz resquebrajada.
Ella elije desde sus ímpetus en pleamar
y con su garbo cadencioso,
aprueba mi ritmo torpe.
Los fluidos de la historia
respiran en cada poro de mi piel.
Pero mi piel no es dialéctica
si no la dejo sumergirse en el mar de su antípoda,
piel elegida desde este canto nocturno:
mar de la contradicción que juega a ser niño,
si del nacimiento de Simón se trata.