CREPÚSCULO DESDE EDGARDO POE


Edgar Allan Poe
danzando en su embriaguez circular
soñó dos amantes en el trópico
que no podrían separarse nunca.
Tal vez estabas en el corazón palpitante de los entablados.
Me preguntas con el tic silencioso
de tu cuerpo aleteado por mis ansias
sobre los grados que del amor
podría deducir en tus ojos.
Mi respuesta ha de tener cuanta salvedad
de colores
podría inventar,
hechizado por tu risa.
Pero la cuestión está en mi corazón delator,
el mismo del entablado,
el mismo de Poe,
que te susurraba niña
en la incandescencia de tu sueño.
Inmortal has sido en la precariedad de mi memoria.
Podría insistir entonces en un monumento de palabras
donde como un pájaro,
pueda erigir tu risa.
Para ello está la intimidad de nuestras sangres;
la habitación luminosa donde siempre
hemos dicho la palabra siempre,
no con palabras
(esas enanas despreciables)
sino con la hegemonía palpitante de nuestras furias.
Embriaguez que no me daña,
tu cuerpo se deja habitar por la tarde
y es un crepúsculo que recorro con los labios.
Tremendo lío de canciones es tu fe en mí
que me sostiene y traza mis caminos de ermitaño.
¿Habría entonces absolución posible para el pasado?
¿Cómo decirte que hasta ahora te invoca,
aquel que jugueteaba al cuerpo y a la ceniza
y a fuerza de laceraciones
te presagiaba y titubeaba tu nombre?
Sólo me queda el monumento del gesto.
Las palabras pueden evadirse.
Lo escrito puede morir en un diluvio,
el hombre habrá de fundar una nueva historia
y es probable que no sea necesario escribirla.
Las palabras dichas no las he dicho yo,
las dirá el tiempo.
Por ello, soy la acción circular del ebrio.
Vino crepuscular el de tu vida
que apareció en las largas caminatas de mi desesperanza.
¿Cómo decirte que eres tú mi renacimiento?
Ahora que empiezas a descifrar los evangelios,
ahora que el cielo está agujereado por la metralla,
ahora que tu cuerpo es también un combate,
habrás de comprender mi mirada y mis arcanos,
habrás de saber que siempre te he amado,
sin medida, sin el balbuceo de un rostro,
sólo tú soñada desde agujeros en los que supuse libertades
y sólo hallé dogmatismos y fingimientos.
Ahora que descifras la profecía,
y que estás a mi lado para cuidarme de todo
cuanto ignominia y ficción,
infinita e irradiante,
como el trozo de tierra en el que nos hallamos,
podremos recuperar el juego de las claves en los libros,
el extraño hábito de incendiar evangelios,
el juego de soñar nuevos significantes de la raza.
Podremos entender que sí, que es cierto;
que Edgar Allan Poe,
danzando en su embriaguez circular,
soñó dos amantes en el trópico
que no podrían separarse nunca.